Gustavo Bracamonte
¿Dónde está nuestro hijo?
El viento, en ese entonces, era la casa de lo efímero,
de las cosas que se iban, del desconsuelo,
de la patria esfumándose en el hijo que no regresa,
era el pecho de mi madre apoyado a la vida roturada,
los días volviéndose interminables,
sobresaltos, asechanzas, negaciones y dura nostalgia.
La ausencia forzada del hijo amado,
descomponía el pan que mi madre se llevaba a la boca,
caían los pedazos de tardes insulsas sobre el plato sin días,
sostenía la esperanza en que un día inequívoco
le acomoda la maternidad en el sitio contento,
pero el hijo amado no regresó, no vuelve, no vuelve.
Mi padre buscó en las calles, en las carreteras,
bajo los puentes, en el anfiteatro y, en los hospitales
al hijo que había salido a trabajar a la escuela,
pero unos fieros hombres se lo llevaron…
Mi madre lloraba oculta tras el consuelo de versículos
que disminuían la agonía indeseable.
Mi padre con la boca reseca de cansancio,
limpiaba el tiempo con alcohol
y con los cigarros Víctor, que le anochecieron la vida.
Mis padres murieron sin saber de su hijo,
buscaron en la claridad del aire,
desarreglar las fosas en las casas del mal
y leyeron los nombres en los listados inicuos.
Todo estaba callado en el infinito,
dijeron mis padres,
todo en descomposición, incluso los reclamos,
y la muerte movía con un fusil el caos
sin poder aniquilar la insurrección.
En fin, el hijo amado sigue sin aparecer,
el crepúsculo tiene en sus tardes maduras
el derrotero salvable del fuego constante,
el país en el eterno retorno a la tragedia
y las injusticias cortando lenguas y memorias.
Con las palabras de cenizas,
el llanto de piedra y la luna de agua roja,
mis padres preguntaban, preguntan
¿dónde está nuestro hijo?
¿dónde está nuestro hijo?
¿dónde está nuestro hijo?
¿dónde está nuestro hijo?
¿dónde está nuestro hijooooo?
Mi madre llora detrás del viento…
Mi padre se fuma el dolor con golpes secos…
Ascenderemos
Los suspiros de huesos tiernos se reúnen todas las tardes,
Marco Antonio Molina Theissen jala los juguetes de aire
y los comparte con muchos de los desaparecidos,
tiene las mismas dudas que los ángeles de dulce,
por qué estoy acá,
por qué rayo las paredes de la fosa común,
por qué enumero cada sonrisa que se apaga de un balazo,
por qué el siniestro oficial me sacó de la tibia casa
para encerrarme en la muerte,
por qué oigo al amor caer al fondo de los pasajes inciertos
sin que los peces de la vida se muevan.
Abrí la puerta de nuestra casa y se esfumó de pronto el sol,
la calle se abrió para golpearme
con las palabras incomprensibles del fatuo oficial,
una mano ramplona me jalaba la lengua
para que dijera dónde estaba mi hermana,
un alambre intenso de energía me sacudió el cuerpo,
era un relámpago que le incomodaba estirarse,
una bofetada me abrió la cara,
por ahí entró la mirada del pedestre militar
para encontrarme el miedo de su miedo
y a la estirpe sus amuletos tenebrosos.
Una ráfaga alumbró mi futuro de lugares negros,
callado me hundí al ocaso del abismo,
obediente me dejé dormir sobre los arrabales grises
con la confianza que al amanecer veré a mi madre
y a mi hermana desayunando con el nutrido optimismo
yendo de lo desconocido a la vida conmigo
sin agotarse en el cansancio y en lo imposible.
Fosas clandestinas
Nuestros cuerpos se deforman a sombras
con los disparos,
se saturó de dolor la milpa
y enceguecieron los días con la velocidad del viento
de metal infame.
Los soldados nos amarraron
con sus lenguas de lagarto,
nos cubrieron el rostro con la manta
de su oscura conciencia
para que no miráramos sus trágicos gestos
ni el miedo a enfermarse de llanto,
nos dispararon con el barro de su desgracia,
caímos de rodillas,
y para que no creyeran
que pedíamos clemencia
nos hundimos en nuestro propio coraje.
Nos lanzaron a la fosa,
nos tendimos sobre el tiempo blanco del universo,
no estamos muertos, dijimos,
nos limpiamos las tinieblas de la boca,
sentimos en los pies la terrible claridad
de otra luna enterrada[,
esparcimos sobre nuestros caites
el olor a rebelión descompuesta,
sal a la vida, les dijimos,
hablen a las mujeres en los cantos memorables
mientras los riachuelos sueldan nuestros huesos.
Quedamos con la voz de muslos podridos
bajo las palabras y el sudor llegándonos al cuello,
el mundo se escuchaba diminuto
mientras nos mudamos a las raíces de la luz
con que nos quitamos la maldita oscuridad militar.
