Gustavo Sánchez
El paralelismo de los relatos que encontramos en Gorriones fracturados de Gustavo Bracamonte con el texto de Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén revela una escalofriante simetría: la profunda normalización de la crueldad y la deshumanización sistemática de los más vulnerables. Arendt desmitifica la figura del monstruo demoníaco para presentar cómo crímenes atroces son perpetrados por individuos ordinarios integrados en un sistema que justifica, legaliza o simplemente ignora la barbarie. En los textos de Bracamonte este mal banal no opera desde las altas esferas burocráticas, sino desde la cotidianidad de la pobreza, el hogar y la indiferencia estatal en Guatemala.
Desde la mirada de Hannah Arendt, los relatos de Gustavo Bracamonte nos permiten profundizar en los mecanismos psicológicos y sociales que sostienen la barbarie cotidiana.
Arendt argumenta que Eichmann no actuaba por un odio patológico, sino por una incapacidad casi total para pensar desde el punto de vista de sus víctimas, escudándose en la normalidad de su entorno y en el cumplimiento de lo que consideraba su función. En Gorriones fracturados, los perpetradores exhiben una desconexión moral similar, donde la atrocidad es rutinaria.
El soldado que practica el tiro al blanco con un niño de brazos que le arrebata a su madre para probar su puntería, convierte el homicidio en un ejercicio balístico rutinario y desprovisto de toda empatía humana, una crueldad sin justificación que el Estado deja sin respuesta y envuelta en un silencio absurdo y malvado. De manera similar, algunos padres de familia mercantilizan o abusan sexualmente de sus propias hijas, justificando la aberración bajo el amparo de la autoridad patriarcal y el convencimiento ciego de que las menores les pertenecen. La atrocidad se vuelve rutinaria en el ámbito doméstico. El padre justifica la violación de sus hijas bajo una lógica transaccional y de propiedad absoluta, asumiendo que al darles alimento tiene el derecho de consumirlas.
Arendt sostiene que el mal perpetrado por Eichmann radicaba en su irreflexión y en la banalización de sus actos; Eichmann no se veía a sí mismo como un asesino, sino como un ciudadano que cumplía con su deber y obedecía la ley dentro de un sistema donde la atrocidad era la norma. En los textos de Bracamonte, observamos esta misma mecanización de la crueldad, donde los victimarios no cuestionan la moralidad de sus actos porque están amparados por estructuras de poder cotidianas (el ejército, el patriarcado, etc).
La banalidad del mal se manifiesta cuando un padre entrega a su hija a otro hombre diciéndole aquí te traigo a la niña para que sea tu mujer, reduciendo la destrucción de la vida de la menor a un simple intercambio de negocio sin remordimientos. Incluso la violencia psicológica se vuelve un hábito incuestionable; un padre borracho insulta sistemáticamente a su hija, ahogando los anhelos de la niña bajo un hipo fétido y afirmando que los miserables no servimos para nada. La ausencia de autoestima se hace colectiva.
Arendt señala que la sociedad alemana de la época se protegió de la realidad del exterminio mediante el autoengaño y una impostura sistemática que se convirtió en un requisito para sobrevivir. En los relatos de Bracamonte, la sociedad y el Estado operan con una ceguera voluntaria similar. Cuando un grupo de niños y jóvenes se quita la vida debido a la represión, el sistema gubernamental ignora la tragedia. El autoengaño del Estado alcanza su clímax pues mientras los jóvenes cuelgan de las vigas, las iglesias condenan, la sociedad se despreocupa, el gobierno desconoce y el sistema se congratula. Todo sucede en el contexto de un país ofuscado y desolado por la guerra interna y, posteriormente, en el silencio de la posguerra. En ambos, la indiferencia es sistémica y el autoengaño se impone.
Frente al secuestro de una niña de catorce años por una red de trata de personas, la escuela no sabe dar información y la policía recibe la denuncia sin generar resultados, permitiendo que la red siga decidiendo el porvenir de las niñas ante el sufrimiento incontenible de las madres. Cuando la niña Alejandra desaparece, víctima de una red de trata de blancas, ni la escuela ni el sistema logran dar respuestas, permitiendo que la maquinaria de explotación sexual continúe enriqueciéndose con total impunidad. Bracamonte retrata un sistema estatal y social guatemalteco que emplea la misma táctica de mirar hacia otro lado.
La maquinaria nazi pudo operar gracias a que la inmensa mayoría de la sociedad alemana practicó el autoengaño, escudándose en la indiferencia y en reglas de lenguaje que ocultaban la realidad del exterminio. La desidia institucional también la refleja Bracamonte cuando relata la historia de un adolescente desnutrido que agoniza en un hospital rodeado de todo y asistido por nadie, y su muerte inminente transcurre en medio de un sistema de salud que lo ignora.
La maquinaria nazi redujo a sus víctimas a meros recursos o problemas logísticos, suprimiendo su estatus de seres humanos. Esta reducción de la persona a un objeto utilitario es la señalada por Bracamonte. Ambos muestran la cosificación del ser humano. En su obra, las víctimas son despojadas de su humanidad para ser utilizadas como mercancía, recipientes o insumos biológicos. El ejemplo más grotesco se halla en Sofía, la niña es secuestrada no por enemistad, sino para que le extraigan la sangre con una jeringa y realizarle una transfusión a una mujer mayor (la Tutankamón) que busca prolongar su juventud. La niña es procesada y su cuerpo desechado en un costal blanco. La víctima pierde toda humanidad a los ojos de sus captores para convertirse en un insumo corporal.
La cosificación es explícita cuando el agresor vigila el crecimiento de sus hijas como si mirara a las pollas que se acercaban al matadero para degustarlas en un delicioso banquete, considerándolas una inversión para su propio beneficio sexual. Por otra parte, la niña violada por su padrastro pierde su identidad para convertirse únicamente en un mapa de gritos plasmado en el ámbito del cuarto.
Arendt detalla cómo la Solución Final requería eliminar la persona jurídica y moral antes de eliminar la persona física, procesando a las víctimas como materia prima en una fábrica automática de muerte. En el universo de Bracamonte las víctimas no son nadie, la mayoría son menores de edad que ni siquiera poseen identificación.
Arendt expone cómo el sistema totalitario buscaba destruir a la víctima moral y físicamente antes de llevarla al patíbulo, creando una sumisión absoluta. En el universo de Bracamonte, el colapso de la esperanza surge frente a la maquinaria de la miseria donde la marginalidad estructural ejecuta una destrucción análoga. La pobreza extrema obliga a una madre a dejar a su hijo encerrado con una vela, lo que resulta en la muerte del niño carbonizado en un cuarto de madera y lámina, transformando sus sueños de ser maestro en el polvillo de la nada. Por otra parte, nos encontramos con cuerpos destrozados por la desnutrición y la falta de atención médica que son desechados como cosas inservibles. La maquinaria de destrucción aquí no está conformada por cámaras de gas sino por un abandono estatal sistemático que aniquila la vida humana de forma anónima, rutinaria y constante.
Recordemos que, según Arendt, el triunfo del totalitarismo consistía en destruir el espíritu de la víctima hasta el punto de que marchara hacia su propia muerte como un muñeco obediente, anulando toda posibilidad de futuro. En Bracamonte, el papel del campo de exterminio lo ocupa la pobreza estructural, una maquinaria implacable que aniquila la esperanza antes que el cuerpo. Esta anulación total del futuro se evidencia cuando un campesino lleva un pequeño cadáver en una caja de cartón tras la muerte de su esposa en el parto; el padre camina hacia el cementerio envuelto en una miseria que le corre como juncos exprimidos, demostrando que no hay vida donde no hay vida. Tautología de muerte.
La esterilidad de la esperanza alcanza un nivel desgarrador cuando una madre engaña a sus cuatro hijos sumergiendo cuatro piedras y una pizca de sal en agua hirviendo; los niños tragan el engaño y eructan un vacío húmedo y tibio, ilustrando cómo la maquinaria de la miseria dibuja sobre la apatía el sitio y la hora de la ira. El engaño de los anhelos derrumbados.
La desesperanza es absoluta: jóvenes acorralados por un pasado traumático y un futuro inexistente, prefieren la negación del ser y se dejan morir, aniquilándose a sí mismos como única vía de escape ante una vida desoladora.
Arendt escribe un reportaje periodístico que deriva en ensayo de teoría política y filosofía moral, Bracamonte parte de su experiencia docente en lugares de pobreza estructural y la ficciona para transformarla en literatura, creando un libro difícil de leer por el colapso de la esperanza. Ambos documentan un mal que no requiere villanos de ficción; un mal que prospera allí donde el sufrimiento del otro se vuelve invisible, ya sea a través de los eufemismos y decretos de un régimen totalitario o el silencio cómplice del Estado y la sociedad ante la violencia y la miseria cotidiana. Ambos testifican la banalidad del mal.
Nota: Las cursivas pertenecen al texto de Gustavo Bracamonte.
