La voluntad de morir
La voluntad de morir

La voluntad de morir

Ignacio Jeréz

Este año se acercó a mí el tema del suicidio. Alguien próximo a mi núcleo familiar tomó la decisión definitiva.

La muerte, en general, ha sido un tema recurrente en mis reflexiones. Su forma autoinfligida merece atención también. Apenas se habla de esto, y es imperativo cuestionar la censura, el tabú; el bloqueo sistematizado que se hace de temas fundamentalmente humanos.

Resulta que en redes sociales, para evadir a los bots de «moderación de contenido», la gente debe inventarse formas para hablar del suicidio. Se ven expresiones como «desvivirse», o versiones alfanuméricas como «su1cidi0». Esfuerzos que resultan reveladoras pues evidencian la intención de hablar al respecto y cómo las circunstancias nos empujan a crear metáforas sobre metáforas para hablar de un tema «prohibido»; vemos en vivo la evolución del lenguaje, aquí por condiciones de vigilancia tecnológica.

Regresando a lo fundamentalmente humano, un primer punto de reflexión es en contra de la respuesta automática de que suicidarse solo puede ser resultado de un desbalance emocional o trastorno mental. Pero no hablamos lo suficiente sobre el martirio que, para muchos, significa vivir. No me es tan difícil considerar que el suicidio, y el dolor que pueda provocar en quien lo hace y en quienes quedan, pueda ser considerado como un sufrimiento menor a seguir con vida. Aquí sale a bailar otra vez la noción de desbalance emocional; suponiendo que quien se siente así debe estar sumergido en una profunda depresión. Pero, ¿acaso no es objetivamente comprensible que la vida sea un sufrimiento insoportable?

La organización de lo cotidiano: lo social, lo político y lo económico, por mencionar algunos, no son compatibles con todas las personas. La actual cultura del rendimiento, por ejemplo, vista desde su ADN colonial-explotador, ha cobrado incontables víctimas. Muchas de ellas pueden ser personas que no están dispuestas a soportar ese peso, que no consideran esa como una forma digna de vivir y que optan por la salida definitiva.

Hasta Tolstoi, desde una perspectiva profundamente religiosa, expone en unos cuadernos de pensamientos en Lo que yo pienso sobre la guerra (2015) que «los hombres de nuestra época, si se dan cuenta de la contradicción que existe entre su conciencia y su vida, hállanse en situación muy cruel» (p. 309). Él habla desde una época de guerra, donde la muerte puede aparecer en cualquier momento; pero la posibilidad de convertirse en asesino (por la obligación del servicio militar), constituye la contradicción que destruye la voluntad de vivir.

Y nuestros tiempos parecen distintos. Fácilmente caemos en la mentira de que hay espacio para muchas formas de vida. Pero la organización básica de lo cotidiano presenta limitaciones bien definidas, que provoca a su vez contradicciones comparables. Y es que cualquier manera de procurarse la subsistencia gira en torno al dinero. Ya no se pelean las guerras con los cuerpos de las masas, pero los cuerpos de las masas siguen siendo el motor que financía la guerra y el objetivo en las miras de los drones.

Si lo tratamos de decir con Marx, las formas de subsistencia dependen del valor de cambio: cuerpos que se explotan para producir recursos, cuerpos que se destruyen para producir espacio. Si nos trasladamos al territorio vital: la vida misma ha perdido su valor de uso.

Visto así, podemos considerar el suicidio como la máxima expresión de la voluntad, la voluntad de morir. Ante una civilización que constantemente fracasa en proteger el sentido humano; donde trastornos y desbalances son la norma; donde el asesinato sistematizado y la opresión de pueblos vulnerables es la regla; donde la noción de progreso se sostiene con la explotación desmedida del único planeta que sostiene la vida, ¿aún hay espacio para la voluntad de vivir?


Bibliografía

Tolstoi, Lev. (2015). Lo que yo pienso sobre la guerra. Biblok Book Export. España.